La Playa De Mis Suenos

 LA PLAYA DE MIS "SUEÑOS" — Edil Rentas Casiano

Cuando el calor cedía y la brisa del mar traía olor a salitre y a mangle, yo montaba mi bicicleta y pedaleaba sin apuro hacia Playa Alegre, la playa de mi barrio. A veces lo hacía solo, otras con amigos o mis primos. Solía tomar un camino que me sabía de memoria. Entraba por la jueyera, el campo baldío donde solíamos atrapar cangrejos, pasando mi escuela, luego bajo la sombra de almendros, tamarindos, y uvas playeras, bordeando los llamados zarzillales que parecían custodiar el paso y las trampas para atrapar jueyes.

Zigzagueaba hasta que el mar se asomaba entre claros de vegetación. Cada curva y lomo del estrecho y polvoriento camino, al costado de los secos lagos de evaporación de sal de la ahora desaparecida Ponce Salt Industries. El liviano polvo que cubría el camino creaba con la lluvia una cubierta de burbujas de polvo que explotaban bajo mis ruedas, pareciendo aplaudir la antesala de mi llegada a la playa. Cuando llovía, los charcos del camino reflejaban el cielo y cientos de soles naranja, como espejos breves que se rompían bajo mis ruedas.

Playa Alegre no salía en revistas ni buscaba turistas; por eso era nuestra, nuestro secreto. Su arena negra, salpicada de conchitas y piedras menudas —esas que dicen, dieron nombre a Peñuelas, mi pueblo— se extendía tranquila y accidentada entre los manglares sin pretensiones. Allí, el ruido de la carretera, la llamada Militar —apodada así porque en tiempos pasados fue usada por el ejército para mover tropas y equipo entre puntos estratégicos del sur— se desvanecía poco a poco, dejando que el mar tomara el control del aire.

Me gustaba sentarme encima de la montaña de sal, desde donde se veía toda la costa, pero la mayoría de las veces prefería estar cerca de la orilla, con la arena todavía tibia bajo mí, dejando que el sonido de las olas y gaviotas marcara el ritmo del final del día. 


En Playa Alegre, el tiempo no corría; se detenía, todo se olvidaba. El mundo entero parecía guardar silencio, incluyendo mi barrio, que a esa hora se pintaba con una paleta de colores de ocaso, como si también participara del espectáculo, hasta que el último rayo del sol se reflejara sin interrupción en el agua. Cada atardecer era como un mensaje en un idioma que solo se entendía estando allí, presente, respirando lo mismo que respiraba el mar, contrastando con las múltiples industrias petroquímicas que se levantaban en la distancia, las cuales a veces imaginaba como una ciudad de rascacielos.


Aquel día, la brisa estaba más suave que nunca. Me senté, cerré los ojos por un breve momento, y me dejé arrullar por el vaivén del mar. Cuando los abrí, mi playa ya no estaba.


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Me levanté de golpe. Bajo mis pies, la arena era blanca y fina, tan distinta a la arena negra de mi playa que por un momento pensé que estaba soñando. El cielo mostraba tonos rosados y anaranjados que parecían pintados para una ocasión especial, pero no para una hora conocida. Miré en todas direcciones buscando los manglares, la carretera o las casas de mi barrio a la distancia… nada. Solo playa, arena blanca y mar hasta donde alcanzaba la vista.


Vi algunas personas que caminaban sin prisa aparente, sin dirección. Traté de hablarles, de preguntarles dónde estaba, pero parecían no escucharme, o verme. Como si yo no existiera.

Sentí un vacío en el estómago, no de hambre, sino de desconcierto. Sentí que había cruzado a otra dimensión sin darme cuenta.


—¿Dónde… dónde estoy? —pregunté al aire.


—¿Llegaste al fin?


Me giré. Un hombre se materializaba como salido de la nada, del aire, sonriendo con calma. Era un hombre de piel tostada por el sol, manos ásperas como la madera del casco de un bote y una mirada tranquila, de esas que no tienen apuro.


—¿Dónde crees que estás? —preguntó—. ¿Por qué te preguntas si este lugar lo creaste tú?


—Te esperaba —dijo, con una sonrisa breve—. Aquí nada es coincidencia.


Detrás de él, cuatro figuras más se acercaban, difuminadas por la luz como si vinieran de un espejismo. Pero él fue el primero en llegar. Llevaba una gorra de pescador, barba blanca y un caminar pausado, marcado por una ligera cojera.


Nos sentamos en la arena. Sacó del bolsillo un pequeño cuchillo y empezó a tejer una red de pesca con movimientos seguros, casi automáticos.


—Me llamo Luis —dijo sin expresión alguna.


—¿Tú me conoces? —le pregunté.


—Tal vez sí, tal vez no. ¿Qué tú crees?


Se parecía mucho a mi amigo de infancia, Luis, quien llegó a ser pescador de toda la vida en Tallaboa Encarnación, el mismo que hoy día manejaba la pescadería, y con quien compartí tantas travesuras y aventuras. Luis había seguido los pasos de su abuelo, Don Toñín Velázquez, con quien recuerdo haber ido a Playa Alegre mis primeras veces, junto a sus nietos, que eran mis amigos, mis “hermanos” de aquellos años.


—He sido pescador toda mi vida —dijo sin mirarme—. Madrugaba antes que el sol, regresaba con las manos llenas de mariscos y la piel marcada por la sal. Todavía lo hago. —Hizo una pausa—. Pero a veces, cuando el cansancio me vence después de un largo día en el mar, cierro los ojos… y me encuentro aquí.


—¿Por qué cojeas? —pregunté.


—Una caída en el muelle. Me operaron la cadera, pero siempre quedó así. Aquí no duele. Es solo un recuerdo.


Su contestación me hizo pensar, pues Luis mi amigo me relato que había sido operado de una cadera. —¿Seguro que no me conoces? Eres identical a un amigo mio, quien también es pescador. —le dije.


Guardamos silencio unos segundos. No pude evitar hacer la pregunta que siempre me había hecho, debido a historias que había oído acerca de pescadores.


—Luis… ese es tu verdadero nombre, ¿no?


—Sí, así me llaman —contestó.


—A riesgo de parecer loco por pensar esto en este momento, pero cuando salías a pescar de madrugada, ¿nunca viste cosas raras en el cielo o en el mar?


Sonrió, como quien reconoce una pregunta que lleva tiempo esperando.


—Claro que sí, y muchas veces. Una vez, de noche, estaba solo por detrás del Cayo Cardona. El mar estaba quieto como cristal y el cielo lleno de estrellas. De pronto, vi unas luces moviéndose sobre el agua. Pensé que era un avión, pero se detenían en seco y cambiaban de dirección como nada que yo haya visto.


—¿Y qué pasó?  

—Una luz grande, azul verdosa, se posó justo encima de mi bote. Todo el bote brilló como si el mar mismo se hubiera vuelto fosforescente. Duró unos segundos… y luego salió disparada a una velocidad imposible.


Se detuvo, miró hacia el horizonte y siguió hablando más despacio.


—Lo extraño fue que, cuando miré mi reloj, estaba una hora atrasado. Como si el tiempo hubiera retrocedido. Y cuando llegué a la costa, el bote estaba seco, sin un grano de sal pegado al casco.


Me dio una palmada en el hombro.


—Pero tranquilo… aquí eso no va a pasar. Además, de eso no solemos hablar, no sea que piensen que estamos locos.


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—¿Estás seguro? —interrumpió una voz femenina.


Me giré. Una mujer de paso ligero, piel bronceada y trenza larga se acercaba con una sonrisa escéptica.


—Las reglas aquí cambian —continuó—. Yo he estado aquí dos veces, y nada funciona igual. —Sus ojos tenían una mirada tranquila pero desafiante—. Soy Luna.


Luis se encogió de hombros sin dejar de tejer su red. —Tal vez tengas razón. Cada quien tiene su propia experiencia aquí.


—Entrenaba para ser astronauta —me dijo Luna—. Ingeniería aeroespacial, años de estudio, piscina de flotabilidad neutral, cabina hipobárica, giroscopios que te dejan el mundo al revés… —sonrió—. Semanas antes del lanzamiento, un accidente en la base: me di un golpe en la cabeza, quedé en coma. Cuando “desperté”, estaba aquí.


— Cuanto lo siento. ¿Y qué es este lugar para ti? —pregunté.

—No sé. Pero es la segunda vez que estoy aquí. La primera, entendí que no pertenecía aquí, y regresé. La segunda… las reglas cambiaron. No he encontrado la forma de salir. Ya no me preocupa. Aquí el tiempo no existe y la compañía siempre es distinta, y a menudo indiferente.


—¿Y la primera vez cómo llegaste aquí? —pregunté.


—Hace muchos años atrás, nadaba en Playa Alegre, sola. Siempre fui aventurera y algo arriesgada, y me dio un calambre en la pierna derecha mientras estaba en lo profundo, me fui al fondo. Tal vez no lo debiera recordar, pero lo hago.


Intentando cambiar la aparente pena por humor:


—¿Llegaste a volar?


Luna rio fuerte soltando una carcajada.


—Vaya forma de desviar una conversación —dijo ella.


—Parabólicas, sí; y mareo, también. Pero te digo algo: a veces, entre el cielo y el mar, una se olvida de qué lado está. Volar y nadar pueden ser casi lo mismo.


—¿Cuál prefieres?


—Volar obviamente, pero aquí he aprendido a moverme con solo pensarlo.


—¿Telepatía? —pregunté.


Ella volvió a soltar otra carcajada.


—Eso no es pensar para moverse, es hablar sin mover la boca.


—Cierto, cierto —respondí—, solo lo dije para que te rieras.


—Bueno, lo cierto es que estando aquí puedo volar por mí misma, sin alas —comentó.


Esto me hizo pensar respecto a dónde realmente me encontraba, pero aún no podía descifrarlo.


-----


Detrás de ella venía un hombre grande y corpulento, sombrero fedora blanco. El olor a pan recién hecho llegó antes que él, devolviéndome de golpe a las mañanas en la tienda de Don Agustín, la tienda cerca de mi casa. 

 


Me extendió un pedazo de pan sin decir palabra. El vapor salió como un suspiro. Corteza crujiente, miga suave. Lo mordí sin pensarlo.


—Este pan… —empecé a decir.


—¿Te recuerda a algo? —sonrió—. Soy Matías.


—A Don Agustín —dije—. El tendero cerca de mi casa. Él no lo horneaba; lo traía de una panadería… tal vez de la tuya.


Matías guiñó un ojo.


—Es posible. ¿Reconoces este sombrero? Me lo regaló él.


—¿En serio?


—Pues claro. Aquí no hay mentiras, solo imaginación.


—¿Y cómo llegaste aquí?


—Me senté a descansar luego de una larga y temprana horneada de pan y de pronto me encontré aquí.


Comimos en silencio un momento. Matías hizo aparecer otra hogaza y la extendió al aire, como si alguien invisible la recibiera.


—Lo bueno es que aquí sigo haciendo lo que amo —añadió—, pero con mucha más facilidad. Lo haré hasta que me toque irme.


—¿A dónde? —pregunté.


—No lo sé, pero espero algún día averiguarlo. Mientras tanto me encanta encontrar y conocer seres como tú, que traen recuerdos vivos atados en su memoria. Nada se olvida, los recuerdos solo se cubren con otros nuevos, pero en su momento, resurgen traídos por una nueva experiencia.


—Pensé que se borraban cuando uno muere. Cuando el cerebro muere —comenté.


—Eso no lo sé con certeza, no creo que yo esté muerto —dijo Matías.


—Lo cierto, Matías, es que me has traído muchos gratos y sabrosos recuerdos de mis años de infancia.


-----


Mientras Matías hacía aparecer otra hogaza, noté a un hombre alto a cierta distancia, espalda recta, gafas de marco grueso, escribiendo intensamente en una libreta. Me observaba entre notas, como si yo fuera parte de lo que documentaba.


Me acerqué. Siguió escribiendo sin levantar la vista.


—¿Qué escribes? —pregunté.


Cerró la libreta con cuidado.


—He tratado de entender este lugar —dijo—. Solo se logra cuando uno descubre por qué llegó. —Levantó la mirada—. Enrique, es mi nombre.— Su forma de hablar tenía la seguridad de quien ha dado muchas órdenes y guardado demasiados secretos.


Hubo un silencio breve que me dio oportunidad a recordar mi propia vida.


Enrique miró hacia Luis, quien seguía tejiendo su red con manos expertas.


—Tú eres pescador —dijo. No era pregunta.


Luis asintió sin dejar de trabajar. —Toda la vida.

—Investigué varios reportes de pescadores por esta zona —continuó Enrique—. Luces sobre el agua. Tiempo perdido. Botes secos  y sin sal después de una noche de pesca. —Hizo una pausa—. Uno de esos reportes mencionaba a un pescador cerca del Cayo Cardona.


Luis dejó de tejer. Sus manos se quedaron quietas por primera vez.


—Nunca hablé con militares sobre eso —dijo despacio.


—No tenías que hablar. Otros lo hicieron. Hubo otros testigos esa noche, no estabas solo.


Luna se acercó, interesada.


—¿Cuándo fue eso?


—Hace años —respondió Enrique—. Antes de que yo llegara aquí. Pero los archivos… —tocó su libreta—. Los archivos no olvidan.


Matías partió más pan y lo ofreció al grupo.


—Archivos, investigaciones, reportes —dijo con calma—. Aquí nada de eso importa. Solo importa el pan caliente y la buena compañía.


Luna tomó un pedazo.


—Hablas como alguien que ya hizo las paces con este lugar.


—Tal vez —respondió Matías—. O tal vez solo aprendí que algunas preguntas no tienen respuesta, y está bien así.


—Fui militar y después, oficial de inteligencia —dijo Enrique, volviendo su atención hacia mí—. Lo único que recuerdo con claridad es mi vida militar y de oficial de inteligencia, las que me expusieron a muchas experiencias, situaciones e información que han marcado mi vida de manera que no esperaba. Esos recuerdos viven y resurgen en mi memoria espontáneamente, cuando les parece, sin uno poder borrarlos.


—¿Hay algo que puedas compartir? —pregunté.


—Tal vez —respondió.


Sus ojos se endurecieron levemente.


—Una vez, estando estacionado en Roosevelt Roads, en Puerto Rico, nos enviaron a investigar unas luces extrañas sobre El Yunque. Esa noche hubo apagones en toda la zona. Íbamos por la parte sur del bosque cuando una luz blanca, cegadora, nos envolvió. El chofer perdió la carretera… y lo siguiente que recuerdo es estar de vuelta en la base, sin un rasguño. Nadie habló del asunto otra vez.


—En otra ocasión estuvimos precisamente en esta playa —continuó, señalando hacia el lado donde se formó como un espejismo de la orilla frente a la montaña de sal, que luego desapareció—, investigando unos avistamientos en el aire y en el agua por aquí mismo, en esta pequeña bahía.


Luna se incorporó bruscamente.


—¿Cuándo?


—Años setenta, principios de los ochenta —respondió Enrique.


—Yo nadaba aquí en esa época —dijo Luna, la voz cambiada—. Antes de irme a estudiar. Antes de… —Se detuvo.


Enrique la observó con interés profesional.


—¿Viste algo?


—Vi muchas cosas. Pero lo que me trajo aquí la primera vez… —señaló el agua—. Fue un calambre. O eso creí. Pero ahora que lo pienso, justo antes del calambre, vi una luz bajo el agua. Pensé que eran mis ojos ajustándose a la profundidad.


Luis dejó escapar una risa corta.


—Siempre hay una explicación racional. Hasta que ya no la hay.


—Por lo que pudimos constatar —continuó Enrique—, lo que era, estaba precisamente en esta orilla, y se fue antes de que llegáramos. Solo encontramos a un muchacho del barrio, que no recordaba cómo había llegado aquí.


Me quedé helado. El relato me trajo a memoria a mi querido amigo de adolescencia Frank, a quien encontré solo una noche en Playa Alegre, luego de varios días desaparecido y con comportamiento extraño, durante unos avistamientos de naves extrañas en el cielo y el mar. Pero ese es otro cuento.


Enrique apretó la libreta.


—Luego recibimos reportes sin confirmar, de pescadores que recibían mensajes en sus sueños, y llenaban libretas con largas ecuaciones algebraicas indescifrables. Nunca pudimos dar con esas personas ni con sus libretas.


—Wow, suena increíble —contesté.


—En mi vida militar y de inteligencia enfrenté varias situaciones que podían costarme la vida. En otra ocasión, en una misión antidrogas en la frontera entre Colombia y Venezuela, seguíamos un intercambio de armas por drogas. Nos descubrieron y corrimos bajo fuego cruzado. Sobrevivimos… pero hay recuerdos que no se borran.


—¿Y aquí?


—Aquí no sé cómo llegué. A veces pienso que este lugar me guarda de mis pesadillas. De mi PTSD.


Le escuché y luego lo acompañé en su silencio, mientras él proseguía su incesante búsqueda y notas en su libreta.


-----


—¿Y ninguno de ustedes sabe qué es este lugar? —pregunté, mirándolos a todos.


Silencio. Luis volvió a su red. Luna miró el horizonte. Matías partió otro pan. Enrique abrió su libreta.


Finalmente, Luna habló.


—Cada vez que vengo, la respuesta es diferente. La primera vez pensé que era el cielo. Regresé a mi vida y entendí que no. La segunda vez… —se encogió de hombros—. Ya no busco respuestas. Solo experiencias.


—Yo vengo cuando el cansancio me vence —dijo Luis—. Cierro los ojos en el bote o en la orilla, y aparezco aquí. Luego despierto de nuevo en mi vida. No sé qué es, pero sé que puedo ir y venir.


—Yo pensé que era refugio —añadió Enrique—. De mis pesadillas. De mi PTSD. Pero ahora creo que es algo más complejo.


Matías sonrió.


—Yo pienso que es exactamente lo que cada uno necesita que sea. Para mí, es mi panadería eterna. Para Luis y para ti, Edil, es un lugar de paso, un descanso entre el trabajo y el hogar. Para Enrique, paz sin recuerdos que duelan.


—¿Y para mí? —preguntó Luna.


—Para ti —respondió Matías—, es la segunda oportunidad que no tuviste en tu primer despertar.


Luna se quedó callada, procesando las palabras.


Yo los observaba a todos, sintiendo que sus historias se entrelazaban no solo conmigo, sino entre ellos. Como si este lugar los hubiera reunido por alguna razón. Y Luis, mi compañero de tantas tardes en Playa Alegre, seguía siendo mi compañero incluso aquí, en esta playa de sueños, aunque no lo recordara.


-----


—Todos tienen razón —dijo una voz suave detrás de mí.


Me giré. Una mujer mayor, de cabello blanco recogido en un moño suelto, piel tostada por años de sol caribeño, y ojos vivaces que contrastaban con la quietud de sus movimientos. Llevaba un vestido sencillo de algodón y caminaba descalza sobre la arena, como si este lugar fuera más suyo que de nadie.


Los demás no parecieron sorprendidos por su aparición. Como si la hubieran estado esperando.


—Tina —dijo Matías con afecto—. Ya era hora.


Ella sonrió con calidez y se acercó al grupo.


—Estaba escuchando. Me gusta oír las historias antes de ofrecer la mía.


—¿Cuánto tiempo lleva ahí? —pregunté.


—Desde que llegaste —respondió simplemente—. Quería escuchar sus historias.


Su voz me sonaba familiar, pero no lograba ubicarla completamente. Tenía la cadencia de alguien acostumbrado al silencio respetuoso, pero también a compartir conocimiento cuando era necesario.


—¿Eras bibliotecaria? —pregunté, aunque no sabía por qué eso vino a mi mente.


Ella asintió, sorprendida.


—Treinta y cinco años en la biblioteca de la escuela. ¿Cómo lo supiste?


—No lo sé. Tal vez la forma en que escuchas. Como si cada historia fuera un libro que merece ser catalogado con cuidado.


Tina rio suavemente.


—Pasabas frente a mi casa camino a la playa. Siempre solo o con tus amigos, con esa prisa tranquila de quien tiene un destino que vale la pena. A veces te veía con un libro bajo el brazo.


—Yo no lo recuerdo, ni a usted. Tal vez fue en otra realidad.


Luna observaba a Tina con curiosidad.


—¿Por qué esperabas a este en particular?


Tina me miró directamente, sus ojos evaluando pero sin juzgar.


—Porque él y Luis son diferentes a ustedes. Luna, Matías, Enrique… ustedes llegaron aquí por accidentes, muertes, traumas, sin elegir. —Hizo una pausa, mirando a Luis y luego a mí—. Ellos llegaron porque cerraron los ojos, sonando. Todavía están allá—uno sentado en la arena tibia, el otro descansando en su bote. Pueden regresar.


—¿Y tú? —preguntó Luna—. ¿Tú puedes regresar?


Tina sonrió con una mezcla de tristeza y paz.


—Yo elegí quedarme. Podría regresar, supongo. Pero allá… allá me esperaba una casa vacía y un teléfono que nunca sonaba. Mis hijos se fueron, mis nietos crecieron lejos. Me visitaban en Navidad, tal vez en mi cumpleaños, con esa obligación educada que duele más que el olvido. 


El silencio fue profundo.


—Pasé mi vida viajando por el mundo sin salir de Tallaboa —continuó—. Cada libro en mi biblioteca era un pasaporte. Cuidaba esos libros como si fueran tesoros, porque lo eran. A través de ellos conocí París, Tokio, El Cairo, lugares que nunca podría pagar visitar con mi salario de bibliotecaria.


Hizo una pausa, mirando el horizonte de la playa de sueños.


—Pero aquí… aquí puedo viajar de verdad. Puedo caminar por playas que nunca existieron, conversar con almas en tránsito, moverme entre lugares con solo pensarlo. Ya no necesito libros para viajar. Soy libre. —Su voz se suavizó—. Allá esperaba llamadas que no llegaban, rodeada de libros que ya nadie leía. Aquí puedo ser útil de nuevo. Puedo guiar, compartir, enseñar. Además, aqui él cuerpo no duele, no me limita.


Luis asintió con comprensión.


—A veces la soledad de allá es peor que la incertidumbre de acá.


—Exacto —dijo Tina—. Así que elegí quedarme. Y me alegro de haberlo hecho, porque así pude esperarte a ti, Edil. Porque sabía que vendrías.


—¿Por qué yo? —pregunté a Tina—. ¿Por qué me esperabas?


—Porque no habías llegado —dijo.


—Ni siquiera sé por qué ni cómo llegué.


—No importa. Lo importante es que llegaste.


-----


Me levanté, sintiendo vértigo.


—¿Por qué yo? ¿Por qué me esperabas?


Tina caminó hacia la orilla. La seguí. Los demás se quedaron atrás, como si supieran que esta parte no les pertenecía.


—Porque eres el único que puede regresar con un propósito —dijo—. Luis regresa a pescar, a vivir su vida como siempre. Tú… tú regresas a escribir. A recordar. A mantener vivo lo que estamos perdiendo.


—No entiendo.


—Tallaboa está cambiando, Edil. Las casas viejas se caen. La gente se va o muere. Los que quedan no recuerdan las mismas cosas que tú, lo de tu tiempo. —Se detuvo y me miró—. Como bibliotecaria, pasé décadas cuidando historias. Vi cómo los niños tomaban libros prestados, los leían, los devolvían. Algunos libros se leían tanto que se deshacían. Otros nunca se abrían y se perdían en el olvido.


—¿Y?


—Y entendí que las historias solo viven si alguien las lee, las cuenta, las mantiene vivas. Los libros sin lectores son solo papel y tinta. Los recuerdos sin nadie que los relate son solo polvo, se los lleva él viento. —Me miró intensamente—. Tú eres como yo era, Edil. Un guardián de historias. Pero las tuyas son sobre personas reales, lugares reales. Y si no las escribes, desaparecen.


Sentí un nudo en la garganta.


—Trato. En mi blog. Historias de cuando era niño.


—Lo sé. Por eso te esperaba. Para que entendieras que no solo escribes por nostalgia. Escribes para que Tallaboa, Encarnacion, sobreviva cuando ya no quede nadie que lo recuerde como era. Eres el bibliotecario de la memoria colectiva del barrio.


—¿Y tú? —pregunté—. ¿Por qué tú específicamente me esperabas?


Sonrió con calidez.


—Porque reconozco a un compañero guardián de historias cuando lo veo. Yo cuidaba las historias de otros en libros. Tú cuidas las historias de tu gente en palabras. Somos lo mismo, tú y yo. Y quería pasarte el testigo, por así decirlo.


—Ven por acá.


La seguí, pasando el muelle viejo de Playa Alegre que apareció de repente, donde de muchacho tiraba piedras al agua y perdí el miedo a nadar. Más allá, la playa se estrechó y el oleaje golpeó con fuerza. Entre dos grandes rocas cubiertas de algas que nunca existieron allí, Tina se agachó y entró.


—Por aquí.


La seguí. Al otro lado, una playa de altos bordes rocosos, invisible desde la playa principal. El agua, de un azul profundo; en el centro, un cardumen plateado se movía como nube viva mientras nadaban incesantemente, atrapando los últimos rayos del sol.


Pero había algo más. En la arena, escritas con perfecta caligrafía como si alguien las hubiera trazado con cuidado, había palabras. Nombres. Historias en fragmentos.


Me arrodillé. Reconocí algunos: “Don Toñín, pescador de generaciones.” “La tienda de Don Agustín quien proveia él pan de cada dia, literalmente.” “Las fogatas de carrucho en la playa.” “Playa Alegre @Night”, donde recuentas lo que sucede aquí en las noche.


—¿Qué es esto? —pregunté.


—Tu biblioteca —dijo Tina—. Todo lo que has escrito y todo lo que todavía no has escrito pero llevas dentro. Este lugar lo creaste tú, Edil. No solo esta playa, sino todo lo que representa. Es tu forma de mantener vivo a Tallaboa.


Me recordó a las fichas de catálogo que ella debió haber usado en su biblioteca, cada una guardando el título de un libro, su autor, su ubicación.


—Pero ustedes… Luis, Luna, Matías, Enrique… ¿son reales?


—Tan reales como los personajes en los libros que cuidé —respondió—. Algunos están basados en personas que existieron. Otros son amalgamas de muchas personas. Pero todos pertenecen a Tallaboa, y por eso pertenecen aquí, en tu biblioteca de memorias.


Miré las palabras en la arena. La marea comenzaba a acercarse.


—Se van a borrar —dije.


—Solo si dejas de escribirlas en el mundo real —respondió Tina—. En mi biblioteca, los libros se dañaban, se perdían, se mojaban. Pero mientras alguien los recordara, mientras alguien contara sus historias, sobrevivían en la memoria. Lo mismo pasa con tus historias de Tallaboa. Aquí se borran y vuelven a aparecer cada vez que alguien las necesita. Pero allá, en tu mundo, necesitan que tú las guardes. Tú eres el bibliotecario de Tallaboa ahora.


La brisa trajo olor a sal y algo más—un aroma de fogata que me transportó a las noches de San Juan en Playa Alegre, cuando la playa se llenaba de fiesta, música, tertulia y risas a la luz de fogatas que llenaban el aire de deliciosos aromas a asados y frituras. Sentí un nudo en la garganta.


—¿Dónde estoy? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.


Tina me miró con suavidad firme.


—Edil, este lugar lo creaste tú.


Me quedé mirando el horizonte, intentando comprender las palabras de Tina. El sol ya tocaba el agua, dejando un camino dorado que parecía invitarme a seguirlo. El sonido del mar se mezclaba con el latido en mis oídos, y sentí que algo más —algo intocable, invisible— nos rodeaba.


Tina se sentó sobre una roca alta y señaló el cielo. Entre las primeras sombras de la noche, una luz solitaria brillaba más que las demás, como si quisiera guiarnos.


—Siempre estuvo ahí —dijo en voz baja—, pero uno no la ve hasta que está listo.


—¿Listo para qué? —pregunté.


Ella sonrió con esa dulzura que la caracterizaba.


—Listo para recordar. Listo para escribir. Listo para mantener vivo lo que amamos. —Hizo una pausa—. Y listo para regresar.


-----


—¿Y tú? —pregunté—. ¿Te arrepientes de haberte quedado?


Tina bajó la mirada, pensativa, luego la levantó con una sonrisa serena.


—No. Toda mi vida viajé a través de libros. Conocí miles de lugares sin mover los pies demi libreria. Fue hermoso, pero siempre hubo una barrera—las páginas, las palabras de otro. Aquí… —extendió los brazos—. Aquí puedo viajar de verdad. Puedo estar en cualquier playa, cualquier montaña, cualquier ciudad que imagine. Ya no necesito prestadas las aventuras de otros.


—Pero tu familia…


—Mi familia me olvidó antes de que yo eligiera quedarme —dijo sin amargura—. Allá estaba sola esperando llamadas. Aquí estoy sola eligiendo mi próximo destino. Hay dignidad en la elección. —Hizo una pausa—. Y vienen almas como ustedes. Comparto lo que aprendí. Sigo siendo bibliotecaria, pero de un tipo diferente. Ayudo a las personas a encontrar lo que buscan, aunque no sepan qué es.


—Espero no olvidarte.


—No lo harás. Ahora que me has visto aquí, formo parte de tus historias de Tallaboa. Tal vez escribas sobre mí algún día. Sobre la bibliotecaria que viajó por el mundo a través de libros, y luego eligió un viaje eterno. —Sonrió—. Eso es más permanencia de la que tendría en una casa vacía rodeada de libros que nadie lee.


Quise decir algo más, pero ella se incorporó. Bajó de la roca en un brinco lento que desafiaba la gravedad, avanzó hacia la orilla, sus pasos ligeros dejando huellas que la marea comenzó a borrar de inmediato.


—Los otros te están esperando —dijo sin volverse—. Para despedirse.


-----


Regresé por el pasaje entre las rocas. Del otro lado, los cuatro estaban sentados en la arena. El sol ya tocaba el horizonte, tiñendo todo de naranja y violeta.


Luis me extendió la mano. Su agarre era firme, calloso, real.


—Me alegra haber compartido contigo —dijo con una sonrisa—. Y gracias por escuchar mi historia aquí. Hay cosas que solo se pueden contar en un lugar como este.


—Gracias por compartirla. La próxima vez que pase, hablamos de los peces —respondí, y ambos nos reímos.


—Y de las luces sobre el Cayo —añadió, guiñando un ojo—. Siempre de las luces.


Luna me dio un abrazo rápido, de esos que da alguien acostumbrado a despedidas.


—Si alguna vez escribes sobre esto —dijo—, no me hagas parecer tan seria. También sabía reír.


—Lo recordaré.


Matías me ofreció un último pedazo de pan. Lo tomé, pero cuando lo mordí, se deshizo en aire. Él se rio.


—Aquí solo dura lo que dura. Pero el recuerdo del sabor… ese es tuyo para siempre.


Enrique cerró su libreta por última vez.


—He estado tomando notas sobre ti también —dijo—. Sobre cómo llegaste, cómo escuchaste, cómo cambiaste mientras estabas aquí. —Hizo una pausa—. Creo que finalmente entiendo este lugar. No es purgatorio ni refugio ni castigo. Es un puente.


—¿Un puente hacia dónde?


—Hacia donde cada uno necesita ir. Para nosotros —señaló a Luna y Matías—, tal vez hacia el olvido o hacia otra cosa. Para ustedes… —señaló a Luis y a mí, y luego hacia Playa Alegre que comenzaba a materializarse en la distancia—. Para ustedes, de regreso a sus vidas. A su propósito.


Luis asintió, como quien reconoce una verdad conocida.


—Nos vemos del otro lado, Edil. En el mundo de siempre.


—Nos vemos, Luis.


Tina reapareció detrás de mí. No me tocó, pero sentí su presencia como una brisa cálida.


—Es hora —susurró.


—¿Los volveré a ver?


—Cada vez que escribas sobre Tallaboa —respondió—. Cada vez que alguien lea tus historias y vea el atardecer en Playa Alegre a través de tus ojos. Cada vez que un recuerdo resurja. Estaremos ahí.


Una ráfaga de viento levantó un velo de arena. Parpadeé y me cubrí para protegerme los ojos y, cuando la busqué de nuevo, Tina ya no estaba, y de pronto me encontré en Playa Alegre… mi Playa Alegre.


Solo quedaba el rumor del mar, el canto de las gaviotas, el último rayo del sol reflejándose en el agua. Pero ahora entendía lo que había pasado. Había cerrado los ojos en mi Playa Alegre y, por un momento fuera del tiempo, había visitado algo más profundo: la Playa de Mis Sueños, donde viven todos los que formaron mi Tallaboa.


No solo los había visitado. Los había escuchado. Y al escucharlos, los había hecho permanentes de una forma que ni la muerte ni el olvido podían deshacer.


Me levanté de la arena tibia. Mi bicicleta seguía donde la había dejado, recostada contra un mangle. El camino de regreso a casa me esperaba, con su polvo y sus curvas familiares.


Pero antes de irme, me volví hacia el mar una última vez. El sol se hundió completamente en el horizonte, y en ese preciso instante, apareció dando al final el destello verde más espectacular que jamás haya visto cuando se escondió el sol—una señal que los marineros llaman “el último beso del sol.”



O tal vez, pensé mientras montaba mi bicicleta, era Tina despidiéndose.


De alguna forma, tenía la certeza de que, de algún modo, yo había estado allí antes, en la playa de mis sueños. Y que regresaría cada vez que cerrara los ojos y dejara que los recuerdos me llevaran.


Porque ahora sabía la verdad: Tallaboa Encarnación no era solo un lugar en el mapa. Era un lugar en el alma. Y mientras yo siguiera escribiendo, seguiría vivo para todos aquellos que necesitaran encontrarlo.


Pedaleé hacia casa mientras las primeras estrellas comenzaban a aparecer. En mi mente inconscientemente grababa cada momento vivido, y ya estaba formando las primeras líneas de mis futuras historias.


Por eso hago lo que hago. Recordar. Soñar. Escribir lo que la imaginación dicte.


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