Domingo Agridulce

 Domingo Agridulce

por Edil Rentas Casiano

Tocamos a la puerta después de un viaje de unas dos horas desde Ponce. Anticipamos con ansias esta visita, aunque con cierta aprensión. Íbamos a visitar a Ana, una querida amiga de más de treinta y cinco años, quien a sus sesenta y cinco años de edad, ha sido afectada por el Alzheimer durante los últimos ocho. Su hija abrió la puerta, con los ojos brillantes de alegría mientras mi esposa y yo entramos. Nos abrazamos en apretados saludos, con la típica calidez puertorriqueña de siempre, seguido de un aire de tristeza. 

Adentro, allí estaba Ana, sentada en una silla de ruedas. El mismo rostro, un poco más envejecido. La misma sonrisa — como si nunca se hubiera ido. Como la mujer con quien solíamos compartir tantas conversaciones, quien les enseñó a nadar a nuestros hijos, quien quería a mi esposa y a nosotros como si fuéramos familia. Pero los ojos… sin la chispa que hacía aAna, Ana.

La saludamos, la abrazamos, pero ella permaneció quieta, sonriendo, sin reacción, sin afecto. Mi esposa dijo — soy Lucy — seguido de mi nombre. Sin respuesta ni cambio en la sonrisa. Intentamos recordar los viejos tiempos: los días en la Guardia Costera, las llamadas de oración a altas horas de la noche que mi esposa le hacía, para ver si algo despertaba un recuerdo. Nada. Ni un parpadeo. Solo esa sonrisa — cálida, suave, automática, pero ausente de cualquier reconocimiento o emoción.

Aun así, podía escuchar su voz y su risa, llamándonos por nuestros nombres, en mi mente. Mis recuerdos de tiempos pasados seguían ahí, al alcance de un instante. Pero los suyos, los suyos han perdido el camino de regreso.

Conversamos un par de horas con su hija. Recordamos los tiempos compartidos en Miami, Aguadilla, Ramey, la boda de su hija en el Viejo Faro de Ramey. Ella solo miraba, sonreía, y movía los labios mayormente sin sonido.

Su hija compartió la dificultad de entender y aceptar su condición. ¿Incluso sintió enojo al principio? ¿Se preguntó por qué? ¿Por qué le pasó esto? ¿Por qué a mi madre?

Mi esposa oró por Ana. Partieron el pan. Le presentó la Cena del Señor, y Ana — de la nada — dijo: “Yo sé.” Solo eso. Claro. Como si hubiera comprendido el momento, el significado, la trascendencia. Como si la fe que había cargado desde siempre hubiera atravesado la neblina de golpe. Quedamos perplejos. Por un segundo, era ella. Luego desapareció de nuevo.

Nos despedimos, nos abrazamos, y les expresamos nuestro amor. Aunque ella no daba señal alguna de reconocernos, tomó las manos de Lucy, las jaló con fuerza hacia sí, y murmu ró algo sobre que nos íbamos. Sostuvo las manos de Lucy muy fuerte, como si comprendiera ese momento y no quisiera que terminara. La abrazamos. Le besamos la frente. Le dijimos “te queremos.” Ella mantuvo la misma sonrisa vacía. Sin palabras. Salimos sin mirar atrás. Hay momentos en la vida que es mejor recordarlos tal como los dejaste, sin mirar atrás.

El camino a casa fue silencioso. No podía dejar de pensar — ¿cómo pierdes a alguien que todavía respira? ¿Cómo lloras a una amiga que está justo ahí, pero no está? Su cuerpo sonreía. Su alma, no. Y eso fue lo que me quebró: la envoltura quedó, pero la mujer que conocíamos — la que solía iluminarse cuando compartíamos — se fue desvaneciendo. No se ha ido físicamente, pero su memoria sí. Y cada vez que cierro los ojos, veo esa sonrisa. Todavía perfecta. Todavía suya. Pero vacía de sentimientos.

No sé qué ocurre adentro. Los recuerdos no desaparecen; solo pierden su mapa. Ella ya no puede encontrarlos. No puede encontrar el pasado. No puede encontrarse a sí misma. Pero en algún lugar — quizás en el ritmo de la oración, quizás en el sabor del pan y el vino — todavía hay una chispa. “Yo sé.” Reconoció la trascendencia del momento. Su conexión con su Señor.

Nosotros cargamos sus recuerdos ahora. Todas las historias. Todas las risas. Todas las conversaciones que compartimos. Mi esposa también los carga. Su hija y sus hijos también. Incluso su esposo, cuya agitada vida militar había endurecido sus sentimientos, ha sido ablandado por toda la experiencia; es una persona diferente, más tierno, amoroso, cariñoso.

Nos fuimos con una nueva comprensión de lo que esta condición significa para los miles de familias que han perdido a sus seres queridos mientras aún están físicamente presentes. Nuestros corazones van con ellos.

En cuanto a sus recuerdos, seguiremos contándolos. No porque Ana los escuche. Sino porque nosotros sí. Porque ella importa. Porque aunque los suyos no puedan encontrar su camino de regreso, nosotros aún podemos traerlos a la luz.

Y así, mientras ella sonreía sin cesar, nosotros contuvimos las lágrimas. Y en algún lugar, tal vez — solo tal vez — ella entendió.

Y en ese momento, eso era todo lo que teníamos. El agridulce sentimiento de la alegría de poder verla, mezclado con la tristeza de saber que ella no estaba. Pero eso, eso, fue suficiente.



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