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Cuatro Pecados

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  Cuatro Pecados Por Edil Rentas Casiano Recientemente pasé junto a mi esposa frente a un negocio en Ponce, Puerto Rico, llamado “Cuatro Pecados”. Apenas lo vio, mi esposa exclamó con cierta mezcla de asombro y diversión: “¡Cuatro Pecados—qué nombre el de ese negocio!” Y ahí se quedó la pregunta, flotando entre nosotros como la neblina mañanera de las montañas —presente, difusa, sin bordes claros—: ¿por qué cuatro? ¿No tres? ¿No cinco? ¿Por qué pecados y no vicios, o caprichos, o simplemente placeres? El nombre era una trampa filosófica disfrazada de rótulo comercial, y yo ya había caído en ella. Lo que añade otra capa al asunto es que el negocio no solo sirve bebidas — también sirve comida. O sea, que los cuatro pecados no son metáfora pura: son un menú. Probablemente algo gloriosamente excesivo, alguna combinación de alcohol, carne, fritura y azúcar. El lugar no te invita a reflexionar sobre tus transgresiones — te invita a sentarte, pedir, y cometerlas ahí mismo, con cubiertos e...

Domingo Agridulce

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  Domingo Agridulce por Edil Rentas Casiano Tocamos a la puerta después de un viaje de unas dos horas desde Ponce. Anticipamos con ansias esta visita, aunque con cierta aprensión. Íbamos a visitar a Ana, una querida amiga de más de treinta y cinco años, quien a sus sesenta y cinco años de edad, ha sido afectada por el Alzheimer durante los últimos ocho. Su hija abrió la puerta, con los ojos brillantes de alegría mientras mi esposa y yo entramos. Nos abrazamos en apretados saludos, con la típica calidez puertorriqueña de siempre, seguido de un aire de tristeza.  Adentro, allí estaba Ana, sentada en una silla de ruedas. El mismo rostro, un poco más envejecido. La misma sonrisa — como si nunca se hubiera ido. Como la mujer con quien solíamos compartir tantas conversaciones, quien les enseñó a nadar a nuestros hijos, quien quería a mi esposa y a nosotros como si fuéramos familia. Pero los ojos… sin la chispa que hacía aAna, Ana. La saludamos, la abrazamos, pero ella permaneció qui...

Bittersweet Sunday

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Bittersweet Sunday by Edil Rentas Casiano We knocked on the door after a drive of about two hours from Ponce. We looked forward to this visit with eagerness, though with some apprehension. We were going to see Ana, a dear friend of more than thirty-five years, who at sixty-five years of age has been living with Alzheimer’s for the last eight. Her daughter opened the door, eyes bright with joy as my wife and I stepped inside. We embraced in tight greetings, with the warmth that is so typically Puerto Rican, followed by an undercurrent of sadness. Inside, there she was — Ana, seated in a wheelchair. The same face, a little more aged. The same smile — as if she had never left. The woman with whom we used to share so many conversations, who taught our children to swim, who loved my wife and us as if we were family. But the eyes… missing the spark that made Ana, Ana. We greeted her, embraced her, but she remained still, smiling, without reaction, without affection. My wife said — I’m Lucy —...

La Playa De Mis Suenos

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  LA PLAYA DE MIS "SUEÑOS"  —  Edil Rentas Casiano Cuando el calor cedía y la brisa del mar traía olor a salitre y a mangle, yo montaba mi bicicleta y pedaleaba sin apuro hacia Playa Alegre, la playa de mi barrio. A veces lo hacía solo, otras con amigos o mis primos. Solía tomar un camino que me sabía de memoria. Entraba por la jueyera, el campo baldío donde solíamos atrapar cangrejos, pasando mi escuela, luego bajo la sombra de almendros, tamarindos, y uvas playeras, bordeando los llamados zarzillales que parecían custodiar el paso y las trampas para atrapar jueyes. Zigzagueaba hasta que el mar se asomaba entre claros de vegetación. Cada curva y lomo del estrecho y polvoriento camino, al costado de los secos lagos de evaporación de sal de la ahora desaparecida Ponce Salt Industries. El liviano polvo que cubría el camino creaba con la lluvia una cubierta de burbujas de polvo que explotaban bajo mis ruedas, pareciendo aplaudir la antesala de mi llegada a la playa. Cuando l...