Cuatro Pecados

 Cuatro Pecados

Por Edil Rentas Casiano

Recientemente pasé junto a mi esposa frente a un negocio en Ponce, Puerto Rico, llamado “Cuatro Pecados”. Apenas lo vio, mi esposa exclamó con cierta mezcla de asombro y diversión: “¡Cuatro Pecados—qué nombre el de ese negocio!”


Y ahí se quedó la pregunta, flotando entre nosotros como la neblina mañanera de las montañas —presente, difusa, sin bordes claros—: ¿por qué cuatro? ¿No tres? ¿No cinco? ¿Por qué pecados y no vicios, o caprichos, o simplemente placeres? El nombre era una trampa filosófica disfrazada de rótulo comercial, y yo ya había caído en ella.

Lo que añade otra capa al asunto es que el negocio no solo sirve bebidas — también sirve comida. O sea, que los cuatro pecados no son metáfora pura: son un menú. Probablemente algo gloriosamente excesivo, alguna combinación de alcohol, carne, fritura y azúcar. El lugar no te invita a reflexionar sobre tus transgresiones — te invita a sentarte, pedir, y cometerlas ahí mismo, con cubiertos en mano y sin pedir disculpas.

I. ¿Existe una lista?

Lo que hace funcionar ese nombre —lo que lo convierte en algo más que palabras sobre una puerta— es que asume un consenso. Asume que tú y yo, sin hablarnos, sin consultarnos, sabemos cuáles son esos cuatro pecados. Que existe una lista. Que la lista es la misma para todos.

Pero, ¿existe tal lista? Si le preguntas a cualquier persona que se considere recta y viva una vida sana que te nombre cuatro pecados propios, probablemente vacilará. Dirá uno, quizás dos. Algunos se atribuirán más. Y los de cada uno serán distintos: beber en exceso, fumar, comer lo que no deben, apostar, la infidelidad, la lujuria digital de las madrugadas. La lista no tiene cuatro renglones. Tiene veinte, tiene treinta, y cambia según quién la escribe.

El número cuatro, entonces, no es una cantidad. Es una ilusión de orden en lo que es, en el fondo, un caos moral perfectamente personal.

II. El pecado es un mapa, y cada quien tiene el suyo

No quiero discutir esto desde un punto de vista estrictamente religioso, aunque reconozco que es imposible no hacerlo: la religión sigue siendo el barómetro por excelencia con el que la mayoría de las personas mide lo que es pecado y lo que no. Pero no es el único.

El origen, la cultura, la nacionalidad y la circunstancia pesan tanto como cualquier texto sagrado. Para ciertos extremistas, eliminar a un “infiel” no es un pecado, sino una corona que se lleva al paraíso. Para un soldado o un oficial del orden, privar a alguien de la vida puede ser el cumplimiento de un deber. Para quien actúa en defensa propia o en protección de otro, el mismo acto adquiere otra dimensión moral.

¿Es eso pecado? Depende de a quién le preguntes. Depende del mapa que esa persona use para navegar el mundo. Y en eso radica la paradoja: el pecado no es una coordenada fija en un territorio universal. Es una línea dibujada en arena, y la marea —la cultura, la historia, la fe, el miedo— la mueve constantemente.

III. Entonces, ¿por qué entendemos el nombre?

Y aquí viene lo más interesante: si el pecado es tan relativo, tan personal, tan culturalmente condicionado —si no hay una lista universal de cuatro— entonces, ¿por qué todos entendemos el nombre?

Nadie que pasa frente a ese negocio se detiene confundido. Nadie pregunta “¿cuatro pecados de qué?” Lo entendemos de inmediato, y al entenderlo, revelamos algo sobre nosotros mismos: que a pesar de todas nuestras diferencias morales, existe un territorio compartido. Una zona común de culpa, de tentación reconocida, de transgresión colectivamente admitida —aunque nadie quiera admitirla en voz alta.

¿Podrías entrar ahí y tomarte un trago tranquilamente? ¿Podrías brindar por tus cuatro pecados? Celebrarlos? Estoy seguro de que hay quienes sí —personas que no tienen un barómetro religioso que dicte a su conciencia esto es pecado o aquello no lo es. Pero incluso ellos, al entrar, saben exactamente de qué habla el nombre.

El nombre “Cuatro Pecados” es, sin proponérselo, una confesión colectiva. Dice: aquí todos cargamos algo. Aquí nadie viene completamente limpio.

IV. Que tire la primera piedra

Alguien podría decir, con toda la rectitud del mundo: “el que esté libre de pecado que tire la primera piedra.” Pero incluso bajo esa regla —especialmente bajo esa regla— yo no me arriesgaría a aplicarla dentro de “Cuatro Pecados”.

Porque existiría el riesgo de que todos los presentes, sin querer admitir ni uno solo de sus cuatro pecados, comenzaran a tirar piedras al mismo tiempo.

Y eso, pienso yo, sería el quinto.

Edil Rentas Casiano • Otro Día en ‘Paradiso’

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